Cuando trescientas organizaciones de la sociedad civil, asumidas por sus propios patrocinadores como los espartanos de Leónidas (sea quien sea éste entre los financieros de las ONG), se atravesaron en el camino del gobierno de Enrique Peña —debilitado en extremo— y le pusieron a veinticinco las peras para imponer a su conveniencia un nuevo artículo 102 de la Constitución, con el auxilio del excandidato frentista, Ricardo Anaya, tuvieron un error de cálculo: todo se traslapó con el frenesí electoral y su afán de apoderarse de la fiscalía autónoma, para ellas, fue dejado para un poco después de los comicios.

No contaban con la abrumadora victoria de Andrés Manuel quien desde siempre les ha expresado su desconfianza. En eso se sostiene congruente y al parecer (nunca se sabe), firme.

La sociedad civil —claro está— siempre habla bien de sí misma y se ofrece como garantía de buen funcionamiento para todo. Esa es otra patraña.

Es una forma de mostrar su valor ante quienes —dentro y fuera de México— patrocinan sus esfuerzos en contra del Estado, para fragmentarlo y apoderarse de la agenda nacional, pero AM no peca de ingenuo. Peca de otras cosas, pero no confunde sapos con príncipes embrujados.

Por eso desde ahora, cuando ni siquiera ha comenzado a ejercer el mayúsculo poder puesto en sus manos, les ha reiterado cómo quiere proceder para el nombramiento del fiscal independiente y de ribete el fiscal anticorrupción, en una sobrevaluada transformación de la caduca Procuraduría General de la República.

Los bien portados claman por el fin de la dependencia. Quieren libertad y autonomía, pero si una designación confirmada por el Senado, no es puerta para objetividad y la eficacia en la investigación de los delitos y la procuración de justicia, la autonomía o la independencia tampoco son garantías de mejoramiento automático.

A fin de cuentas lo más autónomo del país es el gobierno. Y un gobierno sin contrapesos, no sólo es autónomo; resulta autárquico.

Y ante esa autarquía los mismos de siempre ya repiten el estribillo facilón de una procuraduría que sirva. ¿A quien?

Primero a ellos, quienes desean a través de su colectivo imponer un listado de impolutos y bien portados, seleccionados entre ellos mismos, fuera de la posibilidad de intervención del Ejecutivo en una terna cuyo voto de selección recaerá en un Senado, dominado por el partido del Presidente.

El estribillo de la fiscalía servicial, funcional y eficaz, posible sólo si ellos son quienes la diseñan y determinan legislando fuera del Legislativo, (¿y tu nieve, les dice Don Peje?), pudo amagar a un gobierno debilitado y de salida como el de Peña, pero no va a atemorizar a un  régimen poderoso, fuerte como ninguno otro en la historia reciente, cuyo líder se ha cansado de velar muertos con cabezas de cerillo, sin espantarse ni con el difunto ni con el petate.

“(Reforma).- El colectivo #FiscalíaQueSirva, que reúne a más de 300 organizaciones, demandó abstenerse de nombrar un Fiscal General sin antes modificar el Artículo 102 Constitucional, que defina parámetros para lograr la real autonomía y eliminar cualquier tipo de dependencia con el Presidente de la República.

“Un fiscal designado de manera exprés no puede operar dentro de una PGR en ruinas y plagada de vicios”, advirtieron en una misiva.

“Necesitamos una institución que investigue y sancione los delitos con eficiencia e independencia”.

“Ayer (sábado), previamente a una reunión de trabajo con sus colaboradores, el morenista justificó su postura y señaló que la postulación de perfiles ciudadanos en cargos públicos no siempre garantiza que se trate de personas íntegras.

“Como ejemplo puso al INAI, del que cuestionó su desempeño”.

Y aquí hay un asunto para analizar en estos días y los siguientes: ¿la condición de autonomía (en todo menos en el dinero público del cual dependen), convierte a estos apéndices del Estado en subsidiarios intocables e infalibles? ¿Sólo por ser autónomo se es perfecto e inmaculado?

Un ejemplo de esto es la UNAM a quien nadie toca jamás ni con el pétalo de una rosa. Excepto cuando los Pumas hacen el ridículo temporada tras temporada.

TRUMP Y AMLO

Nadie sabe si cuando el país entero fue convocado a la indignación patriotera por la previsora entrevista Trump-Peña, en plena campaña electoral del hoy presidente de los Estados Unidos, este grosero ofensor y enemigo de México ya le había dicho a Don Andrés algo acerca de su inminente triunfo en el proceso para renovar nuestro Ejecutivo Federal, como ahora ha trascendido. “Trumprofeta”.

Tampoco sabemos si la imposición de apodos y chistoretes sea el preludio de un trato digno y respetuoso entre jefes de Estado, pero sea como sea y ante los gracejos de Trump, ya sabemos cómo llaman a AMLO en Estados Unidos o al menos en el ala oriental de la Casa Blanca: Juan Trump.

Juan, como soldado raso; Juanito, como títere de Iztapalapa. Pronto, Johnny boy, como el delivery boy.

Si ya resulta ofensiva la comparación con Mr. Trump, el apodo peyorativo de “Juan”, no resulta cosa para celebrar. ¿O sí?

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