Pasado mañana, en la ciudad de Mérida, los candidatos a la Presidencia tendrán el último debate, cuya naturaleza ya ha sido contaminada desde mucho antes; los debates no son ejercicios de confrontación ideológica, pues no hay ideologías en pugna ni posibilidades de confrontar algo más allá de frases y ocurrencias por todas partes y sobre todo actitudes y desplantes.

Las posturas y hasta las imposturas de los candidatos ya son demasiado conocidas como para sorprendernos ahora. Quizá la única novedad antes del debate sea la agudización de posiciones y aprovechamientos coyunturales. Cada uno tratará de afianzar sus dogmas y repetir sus mantras. Sin El Bronco y los insultos al canallín, nos moriríamos de muermo.

Comencemos por la antigüedad de los partidos y la soledad del carpero independiente.

Ricardo Anaya, en el mensaje puesto con relampagueante velocidad el pasado viernes para defenderse (mediante el ataque) del otro video en el cual el hermano de Barreiro habla de cómo el dinero filtrado a la campaña es promesa de eternidad celestial y buena vida futura, confunde a sus contendientes: saldrá a denunciar —como razón de su estancamiento—, el pacto de impunidad entre Peña y Andrés Manuel, en lugar de atender el futuro de la urna.

La idea puede sonar mediáticamente escandalosa y de hecho lo es ( ya había ocurrido lo mismo cuando Calderón “pactó” con Peña, según ha dicho Álvaro Delgado en su libro El amasiato), pero en este caso resulta un tanto inútil e inverosímil. En aquella ocasión el favor retribuido era la Presidencia de uno a cambio de la oportunidad del otro. En este caso todo es distinto.

Si el presidente Peña necesitara un  gobierno protector para cuando la claque universal de los Derechos Humanos (incluidos los nativos), se le eche encima por las violaciones a los mismos en Tlatlaya, Iguala, Tanhuato; Nochixtlán y otros sitios (no por haber facilitado una cuestionada toma de posesión), bien hubiera podido respaldar al PRI, prepararlo para la victoria, en lugar de desfondarlo en seis años como no se había visto desde los tiempos de Ernesto Zedilllo.

Siete presidentes del CEN en un sexenio, y para colmo un impreparado (Ochoa) en el momento crucial, no hablan de la lógica. Tampoco la pública abjuración de la fe priista y la candidatura de un externo.

Pactar para ser protegido por Andrés Manuel sería meter las manos en la dentadura de un lagarto del Grijalva, como si con eso se pudiera ahorrar la manicurista.

Anaya —por otra parte—, ha construido, con esta actitud quejicosa, un muro defensivo sin darse cuenta de algo elemental: quien está detrás de la muralla no puede combatir en el campo abierto; necesita esperar las catapultas del enemigo y evitar el asalto a las murallas. Por eso no hay en el ajedrez defensas eficaces de torres con un  rey solitario. Alfiles y caballos enemigos, con movilidad en el campo, arrinconan al derrotado monarca.

Esa es quizá la razón del nulo avance de quien  comenzó con  expectativas y terminó con frustraciones.

La única esperanza de Anaya en este debate es controlar su iracundia. Ya lo imagino, peripatético, eléctrico y furibundo, con una sonrisa impuesta cercana al rictus, en esa escuela de oratoria importada de los oradores gringos y conferenciantes de mercadotecnia; grandes merolicos o geniales standuperos, con la negativa, esta vez (así lo pida El bronco), de abrazar a López o siquiera alcanzarle la billetera y ver si en su interior guarda El Peje devota estampita del Sagrado Corazón.

Por su parte, José Antonio Meade tendrá suficiente con un matamoscas para silenciar las acusaciones de Anaya. En  todo caso, aun si existiera un pacto “primoroso”, no sería su  obra. En todo caso habría sido una maniobra en su contra. La naturaleza de ese acuerdo no habría detenido en la justa electoral a Anaya, nada más: también a él lo habría dañado.

La exhibición de los negocios de Ricardo y su desprestigio, parecen juego de niños junto a las toneladas de acusaciones de corrupción con las cuales a lo largo de los años ha engordado Andrés su valija. No importa su propia vecindad con la corrupción (ahora ya tiene a Mireles, a Nestora, a Napoleón y a todo Dios), él ha sabido vender una mercancía y al parecer la crédula masa

irreflexiva y populachera, se la ha comprado.