La esperanza, todos lo sabemos, es una virtud teologal, junto con la fe y la caridad. También es un ave oculta en la oscura caja de las desgracias sueltas por el mundo, cuyo vuelo final nos hace creer en la posibilidad de conjurar males y tragedias. Una paloma.

La esperanza es creer en el futuro y en ese sentido se vuelve tanto un anhelo, como un consuelo.

La esperanza es el refugio de los desesperados y de quienes piden milagros al cielo. Es creer en lo imposible, como la curación de los enfermos o la repentina inteligencia de los idiotas. Muere al final, pero tiene capacidades de resurrección. Fénix es también la ceniza de la esperanza.

Es un sentimiento, una actitud y un hábito. Los mexicanos la sentimos cíclicamente cada cuatro años, en un asunto deportivo, y cada seis en materia política.

Cada cuatro años soñamos con el Director Técnico (argentino, sueco, mexicano, colombiano, croata o marciano si se pudiera), cuyo talento haga jugar a los “ratones verdes” como si fueran gigantes verdes.

Y ganamos un juego o dos, le ponemos un gol en las redes al campeón mundial (vacío y eliminado) y entonces alzamos el altar antes de tener al dios. Somos teogónicos.

La iglesia vacía se nos llena de milagros no ocurridos y dos fechas más adelante queremos colgar de un árbol al técnico cuyo trabajo nos hundió en otra noche triste, en el lugar de siempre, en la eterna condena de la mediocridad deportiva.

Sucede cada cuatro años en busca del “quinto partido” (la mediocridad nacional nos compele a no pensar en el sexto o más allá; el quinto basta y sobra), y cuando la ansiada, soñada y anhelada meta no se alcanza, entonces el amor se desliza por la delgada línea junto al odio, y abominamos de aquello antes amado, adorado, venerado.

Ya nadie le lleva serenata a Osorio y los héroes efímeros son abucheados en el aeropuerto cuando llegan cargados de vergüenza y caras largas.

Y cada seis años, con los limpios aromas del estreno, la dicha esperanzada sale por las calles en interminables muestras de adhesión y júbilo por el nuevo presidente cuyo verbo (siempre el verbo), nos ofrece la redención nacional tan ansiada, etapa feliz de nuestra acongojada existencia de nación pobre, injusta e ignorante, cuyos dones serán redescubiertos y aprovechados para convertirnos en realidad en esa nación en la cual siempre hemos creído.

La vacía cornucopia por fin se llenará de frutos y manjares y todos, los buenos y los asesinos; los campesinos y los obreros; los curas y las putas; los estudiosos y los zafios; los perfectos y los dañados; los sanos y los enfermos, todos cantaremos en el coro celestial de la dicha mexicana y seremos por fin la tierra imaginada tantos siglos, y el águila se comerá de una vez por todas a la maligna sierpe y el vuelo de su plumaje se alzará por encima del lodazal de los lagos muertos.

Toda la semana hemos visto el idilio del triunfo inalterable de Andrés Manuel con el pueblo consagratorio. Su camioneta viajaba por la ciudad como si se tratara del vehículo vaticano. No era el papamóvil blanco; era el Pejemovil.

Por el cielo lo seguían helicópteros artillados con cámaras de TV en vuelo circular sobre el hotel de su equipo, junto a la añeja y pepelaca Alameda Central de mustias jacarandas; lo miraban en el Zócalo todos los ojos de todos los canales y lo seguían incesantes motocicletas por la colonia Roma y la calle Chihuahua, ahí casi junto a Monterrey, donde una estación terrena mira al aire con su plato blanco, y los menesterosos (junto al poder todos se vuelven menesterosos, pues algo han menester de la voluntad poderosa), llegaban a pedir, pues la fiesta del poder siempre ofrece la migaja de la dádiva.

Y en esta semana llamaron la atención los ritos de la unanimidad.

Si la elección se ganó por mayoría aplastante, el volumen (por encima de las expectativas hasta de los ganadores), uniformó las respuestas y las actitudes posteriores. En la fila anhelante de los parabienes, las felicitaciones y el oportunismo, no hubo ni colores ni distinciones de clase.

A nadie le importan las viejas rencillas, insultos y diatribas de ayer en esta hora luminosa en la cual todo se festeja, todo se celebra y en todo se ha olvidado.

No se critican ni se advierten los pequeños indicios de frivolidad como la irrupción de la ubicua Belinda, quien de Dos Santos pasa a Silvano Aureoles, el desaparecido gobernador (dizque) perredista cuyo destino quedó voluntariamente aliado con el fracaso electoral de José Antonio Meade, y ahora pizpireta y dispuesta, se coloca al lado de Marcelo Ebrard para anunciarnos su nombramiento como secretario de Relaciones Exteriores, pues mucho de eso sabe, en especial por su autoexilio parisino y gringo de los últimos años, cuando la prudencia lo puso a salto de mata frente al escándalo de la Ruta o Línea 12 del dorado Sistema de Transporte Colectivo, hoy convertido en carcacha remendada, para la cual no se piensa si no se es como una tarifa subsidiada eternamente en grandísimo agujero sin fondo del primer programa universal de transporte casi regalado. Cinco pesos, los cuales no son nada en aire líquido de las finanzas reales. Apenas un quarter.

Marcelo Ebrard, activista voluntario en la campaña de Hillary Clinton. Marcelo Ebrard, sentado a la mesa de interminables juntas con Giuliani, el abogado de Donald Trump cuya habilidad le permitió lo mismo un programa de seguridad para el DF de entonces (inútil, obviamente) o comprar el silencio de Stormy Daniels, llenándole el buche con casi un cuarto de millón de dólares. Y eso, sin grabar ni un minuto más de porno.

La frivolidad cabe en todas partes. En las canciones familiares grabadas, producidas y difundidas ahora y en la hora futura, o en el aprovechamiento (como siempre), de la fama de deportistas y actores o actrices de la TV para conseguir puestos menores en las cámaras o hasta un deplorable gobierno estatal en Morelos, estado republicano asolado en los últimos años (digamos cien…) por la mediocridad de ineptos y rapaces y en el futuro gobernado quién sabe por quién, pero con la fachada siempre llamativa de Cuauhtémoc Blanco.

Pero si la apabullante victoria electoral es cualquier cosa menos garantía de éxito, también es cierta la posibilidad de echar mano de una fuerza omnipresente (congresos estatales, gobiernos locales, cámaras legislativas, medios controlados), para brincarse los límites alguna vez imposibles cuando existe el equilibrio (hoy desaparecido), entre los poderes.

Nadie puede acusar al futuro gobierno de autoritario, pero nadie puede negar su posibilidad de usar todo el poder acumulado en el momento necesario. “El poder —dijo Malraux—, no consiste en matarte, sino en convencerte que te puedo matar”.

En fin, éstos serán meses de observación y preludio. Hasta ahora, la campaña sigue, con algunos indicios de cómo vendrá el vaivén de las decisiones y con el mismo discurso de cuatro o cinco dogmas reiterados.

Hoy todo son palabras. Como éstas, si alguien tiene edad para el recuerdo:

“A mis colaboradores y funcionarios públicos les pido que sientan conmigo el privilegio de servir y hacerlo con plena validez e inmaculada honestidad.

“A los soldados de la nación les pido hombría y lealtad para salvaguardarla en su integridad.

“Jamás pediré apoyo para arbitrariedad, encubrimiento o abuso.

“Estarán orgullosos de significar la majestad de la fuerza institucional, el honor de México que el pueblo les ha confiado.

“A los desnacionalizados que al abandonar los esfuerzos solidarios por México, no nos estorben. Así nos ayudarán.

“A los desposeídos y marginados si algo pudiera pedirles, sería perdón por no haber acertado todavía a sacarlos de su postración, pero les expreso que todo el país tiene conciencia y vergüenza del rezago y que precisamente por eso nos aliamos para conquistar por el derecho de la justicia.

“A todos les pido que participen ahora y siempre…”

En aquel tiempo la elocuencia terminó en ladridos desse “la colina del perro”.

Hoy vivimos otros tiempos.

 

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