Parece mentira, pero la velocidad con la cual suceden las cosas, hace rancios los panes de la mañana, antes del siguiente canto del gallo

Las palabras de supuesta doctrina, prudencia y tranquilidad, se ven rebasadas a las pocas horas de pronunciadas, cuando ya la realidad ha dictado las líneas principales del libro en el cual leeremos (y un tanto escribiremos), nuestro futuro.

Por ejemplo esta pavada del señor presidente de la Suprema Corte de Justicia, don Luis María Aguilar:

“(AN).- El presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), Luis María Aguilar Morales, pidió respetar los resultados electorales de este domingo, al tiempo que pidió confiar en las instituciones y en los ciudadanos que participan como funcionarios de casilla.

“Por lo tanto, yo considero que debemos confiar y esperar mañana el resultado que sea, eso es lo que elegimos los mexicanos, eso es lo que debemos respetar todos”.

“El ministro Aguilar Morales agregó que este día se espera una gran participación ciudadana, destacó que ‘votar es un derecho humano’ y una obligación de cara a la sociedad, puesto que el sufragio representa ‘una gran oportunidad’ para que las personas le den a México lo que quieren, ‘eso es lo que debemos pensar todos y por eso mismo no dejar de votar’”.

Linda la cosa esa del voto como un derecho humano. Ignora don Luis María la raíz de los Derechos Humanos; son aquellos con los cuales nace el hombre por el sólo hecho de serlo, más allá de legislaciones o determinaciones jurídicas

Si su dicho fuera cierto, entonces los menores de edad han sido universalmente mutilados en su humana condición, pues en todo el mundo se les niega el privilegio de la urna, lo cual viene a ser, con la condición ciudadana (llamada mayoría legal de edad), una obligación y un derecho.

Pero hasta el domingo pasado hablar por hablar era una especie de obligación para buscar las primeras planas y dejarse ver, pues en todas partes, en especial en los otros poderes alguna vez amagados por la furia moralizante del hoy pacífico y reconciliador candidato instalado en la ambrosía de la victoria, había nacido una preocupación por el futuro.

Los ministros de la Tremenda Corte, alguna vez señalados por no haber hecho algo provechoso a favor del pueblo mexicano, de conocer el “maiceo” y de privilegiar sus carteras con sueldazos fuera de toda proporción en los páramos de miseria de una patria pobre, abandonada e injusta, hacen lo posible por dejarse ver.

Total, ya una de entre ellos conocerá dentro de poco los privilegios de la Secretaría de Gobernación, con sobresueldo por alto riesgo —como todos los policías de rango superior—, compensaciones y camionetas como para poner un lote y demás privilegios.

Y si no, pues le dejamos la verdad al futuro tan cercano y tan fácil de comprobar.

Pero a fin de cuentas la realidad ha dictado su insobornable prosa.

La verdad ya está en otra parte y ni se aparecieron los demonios ni se soltaron los tigres.

Ni en Estocolmo ni en Oslo ni en alguna ciudad de Escandinavia o la vieja Europa se había visto tal muestra de civilidad: once minutos después del cierre de las casillas la cascada de reconocimiento de los derrotados aturdió las pantallas y las bocinas, colmó las pantallas de los i-pads y los celulares y en cada tableta se escuchó la voz firme y dolida de José Antonio Meade, quien cortés, caballeroso y responsable reconoció su derrota, a sabiendas de la trascendencia de su gesto: ahí se terminaba la jornada electoral y se clausuraban las puertas de cualquier protesta. No sólo la suya.

Lo mismo hizo Ricardo Anaya quien, no obstante el gesto de aparente humildad para asumir la derrota, anunció la decisión activa de su militancia opositora.

No se sabe desde dónde, pues en el Partido Acción Nacional se prepara la merienda de los caníbales.

En el PAN les incomoda su fracaso, por más y se lo adjudiquen a las maniobras del “peñismo” en su contra. En sentido opuesto, Andrés Manuel le lanza un ramo de claveles a Peña: se portó como un demócrata muy diferente a sus antecesores. Lindo.

Anaya desperdició sus últimas fuerzas en la expulsión de Cordero y Lavalle y ahora, cuando la derrota siempre murmura amarguras en el oído, sus devotos miran cómo se les extingue esa llamita dorada con la cual iban a iluminar los años de la vida futura.

Quienes ya se sentían dueños de la parte alta en el penthouse de la burocracia, volverán a sus miserias de abogados de medio pelo, vendedores o tenderos, o especuladores con tierra urbana, excepto quienes quieran litigar desde el coyotaje habilitado por sus relaciones desde las cámaras legislativas o algunos puestos intermedios de la burocracia.

Por eso ahora toman el botafumeiro gallego o el sahumerio y (como dicen los gitanos), “ajuman” incienso a los pies del Santo Niño de Macuspana, en petición de un milagro. No ocurrirá tal.

Y del PRD y el PRI, pues ni media palabra.

Son como la Selección Nacional: no tienen remedio.

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